El negocio de la longevidad: por qué los más ricos del mundo invierten miles de millones en vivir 150 años

Jeff Bezos, Larry Ellison, Peter Thiel y Sam Altman tienen en común algo más que haber construido algunas de las empresas más valiosas del mundo: todos han invertido cientos de millones de dólares en startups dedicadas a extender la vida humana. Bezos fundó Unity Biotechnology. Ellison lleva décadas financiando investigación en aging con más de 370 millones de dólares. Thiel recibe transfusiones de sangre de personas jóvenes en protocolos experimentales. Y Altman invirtió 180 millones en Retro Biosciences, cuya misión declarada es añadir diez años saludables a la vida humana. El negocio de la longevidad no es ciencia ficción: es la industria de más rápido crecimiento de la década.

La ciencia detrás del sueño de vivir 150 años

Durante siglos, la longevidad fue considerada una cuestión de azar, genética y estilo de vida. La revolución científica de las últimas dos décadas ha cambiado esa perspectiva radicalmente: el envejecimiento está empezando a ser comprendido como un proceso biológico con mecanismos identificables, y por tanto, potencialmente intervenible.

Los investigadores han identificado varios «sellos del envejecimiento» —hallmarks of aging— que parecen estar en la raíz del deterioro celular: el acortamiento de los telómeros, la acumulación de células senescentes (células que han dejado de dividirse pero no mueren y generan inflamación), el deterioro de las mitocondrias, la desregulación epigenética… Cada uno de estos procesos es un target potencial para intervenciones farmacológicas o genéticas.

La rapamicina, un fármaco inmunosupresor aprobado para trasplantes, ha extendido la vida de ratones hasta en un 25% y está siendo experimentada off-label por una creciente comunidad de biohackers. La metformina, un antidiabético de décadas de historia, está siendo investigada en el primer ensayo clínico grande de un fármaco anti-aging en humanos (el estudio TAME). Y las técnicas de reprogramación celular —basadas en el trabajo del Premio Nobel Shinya Yamanaka— prometen literalmente «rejuvenecer» células envejecidas.

Las empresas que apuestan por la inmortalidad

Calico, la empresa de longevidad de Google/Alphabet fundada en 2013, ha recibido más de 1.500 millones de dólares y trabaja con un secretismo casi total en el que los investigadores definen como «la biología del envejecimiento». Unity Biotechnology se centra en eliminar las células senescentes. Altos Labs, fundada en 2022 con más de 3.000 millones de dólares de inversión inicial —incluyendo de Bezos—, trabaja en reprogramación celular con algunos de los científicos más reputados del mundo.

En España, el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) tiene uno de los grupos de investigación en envejecimiento más reconocidos internacionalmente, liderado por la investigadora María Blasco, cuyo trabajo sobre telómeros y envejecimiento es referencia mundial.

Lo que puedes hacer tú ahora mismo

Mientras la ciencia trabaja en intervenciones más sofisticadas, hay un conjunto de prácticas con evidencia robusta que predicen longevidad saludable mejor que cualquier suplemento o fármaco experimental. El trabajo del médico Peter Attia, autor del bestseller Outlive, sintetiza la evidencia disponible en cuatro pilares: ejercicio (especialmente entrenamiento de fuerza y cardio de zona 2), nutrición (con énfasis en proteína adecuada y control del azúcar), sueño (el factor más subestimado de la salud) y salud mental y relaciones sociales.

El VO2 max —la capacidad máxima del cuerpo para usar oxígeno durante el ejercicio— es el predictor individual más potente de longevidad que existe: las personas en el quintil superior de VO2 max para su edad tienen un riesgo de muerte prematura entre cuatro y cinco veces menor que las del quintil inferior. Y el VO2 max mejora dramáticamente con el entrenamiento aeróbico, incluso en personas mayores.

El debate ético: ¿debemos vivir para siempre?

La posibilidad de extender significativamente la vida humana plantea preguntas éticas y sociales sin respuesta fácil. ¿Qué ocurre con las pensiones y los sistemas de seguridad social si la gente vive hasta los 120 o 150 años? ¿Quién tendrá acceso a los tratamientos anti-aging —probablemente carísimos en sus primeras versiones— y quién no? ¿Es deseable una sociedad donde los mismos individuos ocupen posiciones de poder durante décadas adicionales sin renovación generacional?

Los filósofos del envejecimiento están divididos: algunos argumentan que la muerte tiene una función biológica y social que no deberíamos suprimir; otros sostienen que el sufrimiento causado por el envejecimiento es un problema médico como cualquier otro y que aliviarlo es éticamente obligatorio. Lo que parece claro es que estas preguntas dejarán de ser teóricas más pronto de lo que pensamos.


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