La vecina que cocinaba mejor que Internet

En mi calle había una señora llamada Chicha que cocinaba mejor que Internet entero junto.

Y mira que Internet tiene recetas.

Tiene vídeos.
Tiene chefs gritando.
Tiene gente echándole flores comestibles a una tortilla como si fuese un jardín botánico.

Pero Chicha no necesitaba nada de eso.

Chicha cocinaba con un mandil lleno de harina, una cuchara de palo medio torcida y una frase que daba muchísimo miedo:

—“Eu fágoo a ollo.”

Y claro.
“A ollo” podía significar:

  • medio kilo,
  • tres patatas,
  • o una intervención divina.

Nunca se sabía.

Entrar en casa de Chicha era como entrar en un templo gallego del colesterol feliz.

Siempre olía a algo.
No sabías exactamente a qué.
Pero olía a:

  • cebolla sofrita,
  • pan caliente,
  • café recién hecho,
  • y decisiones que tu médico desaprobaría muchísimo.

Lo más increíble era que jamás medía nada.

Nada.

Ni la sal.
Ni el aceite.
Ni el tiempo.

Ella metía la cuchara en la olla, probaba y decía:
—“Fáltalle alegría.”

Y automáticamente aparecía un chorro de vino, un poco más de unto o media barra de pan dentro del guiso.

Porque en Galicia muchas recetas no se cocinan.
Se negocian.

Una vez intenté apuntarle una receta.

ERROR.

—“Chicha, ¿cuánto arroz le echas?”

Y ella:
—“O que pida.”

PERDONA.

¿QUÉ SIGNIFICA ESO?

¿EL ARROZ HABLA?
¿TE MANDA SEÑALES?
¿HACE SONIDOS?

Pero ella seguía cocinando tranquilísima mientras yo intentaba sobrevivir mentalmente.

Luego estaban sus cantidades imposibles.

“Un poco” de aceite parecía un vertido del Prestige.
“Una pizca” de sal podía salar el Atlántico.
Y aun así… quedaba perfecto.

Perfecto.

Eso sí, Chicha tenía una norma sagrada:
Nadie podía ayudar en la cocina.

Una vez intenté remover una olla y me apartó la mano tan rápido que pensé que había desactivado una bomba nuclear.

—“Quieta aí, que cortas a salsa.”

Todavía hoy no sé si la salsa se corta o si te cortan a ti.

Internet hoy tiene recetas de:

  • “cocina molecular”,
  • “espumas aromáticas”,
  • “deconstrucción de sabores”.

Chicha deconstruía otra cosa:
la paciencia humana.

Porque te mandaba a buscar ingredientes en mitad de la receta.

—“Baixa correndo á tenda e tráeme ovos.”

—“¿Cuántos?”

—“Xa veremos.”

MARAVILLOSO.
TODO PERFECTAMENTE ORGANIZADO.

Y luego estaba el momento más peligroso:
cuando decía:
—“Proba isto.”

Ahí ya no había escapatoria.

Porque aunque estuvieras lleno, aunque acabases de comer, aunque hubieses prometido empezar dieta…
probabas.

Y automáticamente querías llorar un poco.

Porque sabía a infancia.
A cocina caliente.
A domingos largos.
A gente hablando alto.
A pan mojando salsa.

Sabía a verdad.

Internet tiene millones de recetas.

Pero ninguna sabe decir:
—“Come máis, que estás no aire.”

Como lo decía Chicha.

Y creo sinceramente que ahí está el ingrediente secreto que jamás podrá copiar una pantalla.