El autobús de línea 7 siempre hacía el mismo recorrido, pero aquel día fue diferente.
El conductor, Andrés, llevaba treinta años en la misma ruta. Conocía cada parada, cada rostro habitual. Sabía quién subía temprano, quién se dormía al fondo, quién siempre olvidaba el cambio.
Pero esa mañana, al llegar a la última parada, nadie se bajó.
Miró por el retrovisor: el autobús estaba lleno. Personas de todas las edades, en silencio.
—Hemos llegado —anunció.
Nadie se movió.
Una mujer mayor se levantó lentamente.
—Aún no —dijo—. Hoy queremos seguir un poco más.
Andrés frunció el ceño. Aquella parada era el final. Siempre lo había sido.
Pero algo en el ambiente le hizo dudar.
Arrancó de nuevo.
El autobús avanzó por calles que no estaban en la ruta. Lugares que no aparecían en ningún mapa. Y, sin embargo, todo resultaba extrañamente familiar.
Uno a uno, los pasajeros comenzaron a bajar. Cada cual en un punto distinto, como si supieran exactamente dónde ir.
Antes de bajar, la mujer mayor volvió a mirarlo.
—Gracias por llevarnos.
Cuando el último pasajero descendió, Andrés se quedó solo.
Miró el reloj. Era su hora de siempre.
Arrancó el autobús y volvió al recorrido habitual.
Pero desde aquel día, cada vez que llegaba a la última parada, se preguntaba si realmente era el final… o solo otra oportunidad de continuar.





