Voy a mojarme: desde que salió Red Dead Redemption 2 no he vuelto a vivir una historia igual en un videojuego. Me fascina cómo respira a cine; ese ritmo que alterna silencios tensos con estallidos repentinos, muy Tarantino en la manera de construir personajes que sangran por dentro. Es un western crepuscular sobre lealtad, culpa y redención, pero, para mí, sobre todo es un recordatorio de que a veces no hay escapatoria, por más que aprietes las riendas.
El alma del viaje es Arthur Morgan. Cada vez que pienso en él, me viene Jax Teller de Sons of Anarchy: un hombre con código que intenta sostener su mundo mientras todo se cae a pedazos. Arthur rebosa carisma, pero no del tipo fanfarrón; es la mezcla rara de dureza y ternura, humor seco y mirada cansada. Yo jugué buscando el honor alto a propósito, queriendo que Arthur encontrara un rincón de paz, aunque fuese pequeño. Y en cada decisión, por mínima que fuese, sentía que pesaba. Ese es el truco de RDR2: te hace responsable moral del desenlace, aunque el destino ya esté escrito.
La puesta en escena es de otro nivel: interpretaciones que parecen teatro íntimo, dirección artística que convierte cada amanecer en una postal que casi huele a frío, banda sonora que entra cuando toca y se aparta cuando debe, y un ritmo que confía en que el jugador se deje llevar. Me encantan los momentos de campamento, esas charlas al fuego, las cartas, los diarios… detalles que parecen pequeños y acaban siendo el corazón del relato. Hasta los epílogos —sí, plural— cierran el círculo con una elegancia que muchos guiones envidiarían.
Y sí, el final. O los finales. Sabes que Arthur va a morir, como sabías que Walter White iba a caer, pero te aferras a la esperanza irracional de que esta vez el destino se apiade. No lo hace. Y duele. Pero es un dolor honesto, de tragedia clásica, de esos que te dejan mirando la pantalla en silencio, con el mando inmóvil y el pecho apretado.
Pequeño paréntesis necesario: el online. Para mí fue la gran decepción del conjunto. No porque sea injugable, sino porque veníamos con las expectativas por las nubes tras GTA V Online, imaginando un oeste infinito en eventos y progresión. El resultado se sintió corto y frío al principio, y esa primera impresión pesó. En su defensa, también creo que era casi imposible estar a la altura de lo que todos soñábamos. Cerrado el paréntesis, vuelvo al punto: la historia de RDR2 está a años luz y brilla por sí sola.
¿Es la mejor narrativa que hemos visto en el medio en los últimos años? Para mí, sí. RDR2 no solo se juega: se vive. Te enseña a cabalgar con paciencia, a mirar a los NPC a los ojos, a entender que una disculpa puede pesar más que una bala. Y cuando termina, te deja algo que no se compra: añoranza. Echo de menos a Arthur. Y eso, en cualquier arte, es sagrado. 🐎🌄





