Las catacumbas de París.

Bajo las calles elegantes de París existe otra ciudad, una que casi nadie ve. Kilómetros y kilómetros de túneles húmedos, oscuros y estrechos atraviesan el subsuelo como un laberinto interminable. Son las catacumbas, una red inmensa de antiguas canteras y galerías subterráneas donde, desde finales del siglo XVIII, fueron trasladados los restos de millones de personas.

Lo que la mayoría de turistas visita es solo una pequeña parte abierta al público. Pero se calcula que hay más de 300 kilómetros de túneles ocultos bajo la ciudad. Muchos accesos están sellados, otros son ilegales, y algunos solo los conocen quienes llevan años explorando ese mundo subterráneo. A esos exploradores clandestinos se les conoce como “cataphiles”.

Uno de los relatos más inquietantes relacionados con las catacumbas habla de un hombre que entró solo a explorar los túneles y nunca regresó. Con el paso de los años, la historia fue cambiando, pero la versión más conocida asegura que encontraron una cámara de vídeo abandonada en uno de los pasillos. En la grabación podía verse cómo la persona avanzaba nerviosa por los túneles, iluminándose apenas con una linterna, hasta que de repente parecía empezar a correr desesperadamente, como si algo lo persiguiera. La cámara acababa cayendo al suelo, apuntando a la oscuridad.

Aunque esa historia se hizo muy famosa, probablemente mezcla realidad y leyenda. Existe un cortometraje de terror de 2000 llamado “Catacombes” que popularizó precisamente esa idea de una cámara encontrada en las profundidades. Mucha gente acabó creyendo que era una grabación real.

Pero eso no significa que las desapariciones sean un mito.

Uno de los casos reales más conocidos ocurrió en 1793, cuando un portero de hospital llamado Philibert Aspairt entró en las antiguas canteras buscando una bodega de licor escondida. Nunca salió. Once años después encontraron sus restos. Había muerto completamente solo, perdido en la oscuridad, a pocos metros de una salida que nunca llegó a encontrar. Hoy una pequeña lápida recuerda su nombre dentro de las catacumbas.

Muchos exploradores cuentan que dentro del laberinto es facilísimo perder la orientación. Todos los túneles parecen iguales. Hay cruces, pozos, galerías derrumbadas, charcos, pasillos bloqueados y zonas donde apenas cabe una persona. Además, el silencio allí abajo puede resultar insoportable. Algunos aseguran que, después de horas caminando, empiezan a escuchar pasos, voces lejanas o ecos imposibles de identificar.

En los últimos años, la policía francesa ha encontrado fiestas clandestinas, salas de cine ocultas, grafitis, altares improvisados e incluso habitaciones montadas bajo tierra. Todo eso hace que las catacumbas parezcan un lugar casi irreal: un mundo enterrado bajo la ciudad, donde nunca sabes si detrás de la próxima curva solo habrá otro túnel vacío… o alguien observándote desde la oscuridad.