La mujer del castro

En el noroeste de la península ibérica, hacia el siglo I a.C., los montes de Galicia estaban salpicados de castros: fortalezas circulares de piedra y madera, rodeadas de murallas y fosos. Entre estos poblados, no todos los líderes eran hombres. La arqueología lo confirma: tumbas femeninas ricamente equipadas, con armas, joyas y cerámica, muestran que algunas mujeres ostentaban poder real en su comunidad.

En un castro del río Tea, al borde de lo que hoy es Pontevedra, vivía una mujer cuya influencia era respetada por guerreros y artesanos por igual. Su tumba, descubierta siglos después, contenía collares de oro, espejos importados del Mediterráneo y un pequeño puñal ceremonial: símbolos de autoridad, no de sumisión.

Su papel era clave: mediaba conflictos entre clanes, decidía alianzas matrimoniales y coordinaba la defensa del castro ante incursiones enemigas. Los romanos, que comenzarían su conquista del noroeste, sabían que enfrentarse a un castro no era solo enfrentarse a hombres armados; había estrategias, negociaciones y castigos dictados por mujeres líderes.

Aunque su nombre se ha perdido, su vida real se refleja en cada objeto que acompañó su muerte. Esa mujer del castro no solo habitó Galicia; moldeó su historia antes de que Roma llegara, demostrando que el poder y la influencia no siempre tenían rostro masculino.