¿Invertir en niños o en narrativa política? El fondo infantil que propone Trump

La reciente propuesta atribuida a Donald Trump de crear cuentas de inversión para niños nacidos en determinados años se ha presentado como una apuesta por el futuro y por la igualdad de oportunidades. Sobre el papel, la idea es sencilla y atractiva: dotar a cada recién nacido de un pequeño capital inicial financiado por el Estado, destinado a invertirse a largo plazo.

Sin embargo, al analizarla con mayor profundidad y desde una perspectiva macroeconómica, la medida revela un alcance mucho más limitado de lo que sugiere el mensaje político que la acompaña.

Qué es — y qué no es — la propuesta

Tal y como se ha descrito en declaraciones públicas, el programa estaría acotado en el tiempo y afectaría únicamente a una cohorte concreta de nacimientos, coincidente en gran medida con el periodo de un mandato presidencial. El aporte inicial por niño sería relativamente modesto, lo que mantiene el coste fiscal total en niveles reducidos para una economía del tamaño de Estados Unidos.

Conviene aclarar varios puntos clave:

  • no se trata de una gran expansión monetaria,
  • no tiene capacidad para alterar por sí sola la inflación o el valor del dólar,
  • no implica una “impresión masiva de dinero” encubierta.

Desde el punto de vista macroeconómico, su impacto directo sería limitado.

Por qué resulta políticamente atractiva

Precisamente por ese impacto reducido, la propuesta resulta cómoda desde el plano político. El coste se diluye entre el conjunto de los contribuyentes, mientras que el mensaje es difícil de cuestionar: invertir en los niños y en su futuro.

Además, no genera fricción social inmediata, evita conflictos distributivos y desplaza cualquier evaluación real de resultados a un horizonte de 15 o 20 años, cuando los responsables políticos ya no estarán en el cargo. En términos de narrativa, es una política eficaz; en términos estructurales, mucho menos ambiciosa.

Ahorro financiero frente a inversión real

La crítica principal no reside tanto en el gasto como en el enfoque que refuerza.

El capital no se dirige a educación temprana, salud infantil, vivienda familiar o desarrollo directo del capital humano. Se canaliza hacia los mercados financieros, bajo el supuesto de que los rendimientos futuros compensarán la ausencia de políticas públicas más complejas y costosas en el presente.

Esto traslada el riesgo al futuro:

  • si los mercados funcionan bien, la política se valida a posteriori;
  • si no lo hacen, el coste aparecerá décadas después, fuera del radar político actual.

No se trata de una irresponsabilidad inmediata, pero sí de una externalización del riesgo intergeneracional.

Valoración final

La propuesta no es perjudicial en el corto plazo ni supone una amenaza macroeconómica. Tampoco es, por sí sola, una respuesta real a los problemas estructurales que afectan a las familias y a las futuras generaciones.

Es una política de:

  • bajo coste inmediato,
  • alto retorno narrativo,
  • impacto económico limitado,
  • beneficios desplazados al largo plazo.

Más que una inversión directa en el futuro de los niños, funciona como una inversión en estabilidad política presente, envuelta en un mensaje positivo y difícil de rechazar.