Lord Caelis Veyra llegó al poder prometiendo un futuro brillante. Su carisma y aparente sabiduría hicieron que millones depositaran su fe en él. Nadie sospechaba que detrás de su sonrisa se escondía una mente cada vez más inestable.
Al principio, sus decisiones parecían audaces y acertadas. Pero pronto, sus órdenes dejaron de seguir la lógica: confiscó recursos vitales sin planificación, obligó a fusiones de ciudades sin infraestructura y decretó leyes que cambiaban de un día para otro. La economía comenzó a colapsar, y las naciones que confiaban en él empezaron a tambalear.
Su paranoia lo llevó a declarar guerras simultáneas contra países vecinos basándose en profecías que él mismo inventaba. Los ejércitos, exhaustos y mal coordinados, arrasaban tanto a aliados como a enemigos. Mientras tanto, experimentos tecnológicos peligrosos —armas capaces de destruir ciudades enteras— se activaban sin control, dejando a Caelis desconcertado pero obsesionado con “la grandeza de su visión”.
Las sociedades se fragmentaron. La confianza en el liderazgo se evaporó, y millones huyeron hacia refugios improvisados, solo para encontrar más caos. La cultura, la educación y la economía colapsaron simultáneamente, creando un mundo donde la supervivencia se convirtió en el único objetivo común.
Lo más inquietante era que Caelis seguía convencido de que estaba construyendo un mundo mejor. Sus seguidores más leales replicaban sus órdenes, perpetuando el desastre, mientras los sobrevivientes trataban de reconstruir fragmentos de civilización entre ruinas.
En menos de una década, un planeta próspero se había transformado en un mosaico de ciudades destruidas, campos arrasados y gobiernos fragmentados. Caelis Veyra no solo había llevado a su nación al borde del abismo; había demostrado cómo una mente inestable, cuando alcanza poder absoluto, puede arrastrar al mundo entero al desastre.





