El caso de Vallecas

Todo empezó en un piso humilde de Vallecas, en el barrio de Palomeras, a comienzos de los años 90. Allí vivía una joven llamada Estefanía Gutiérrez Lázaro con sus padres y sus hermanos.

Según la versión más conocida, Estefanía comenzó a interesarse por el ocultismo y las sesiones de ouija. Un día, junto a unas amigas del instituto, intentó contactar con el novio fallecido de una de ellas. La historia cuenta que una profesora descubrió la sesión, rompió el tablero y, supuestamente, una especie de humo negro salió de él. Desde entonces, Estefanía empezó a encontrarse mal.

Durante meses sufrió episodios extraños: insomnio, convulsiones, alucinaciones, ataques de ansiedad y estados de catalepsia. La familia decía que a veces hablaba con voces extrañas, veía sombras y reaccionaba de forma violenta sin motivo aparente. El 14 de julio de 1991 entró en coma y murió en el hospital. La autopsia no logró determinar una causa clara y habló de una “muerte súbita y sospechosa”.

Pero lo más inquietante empezó después de su muerte.

Su madre aseguraba escuchar la voz de Estefanía llamándola por la casa. Decía que había puertas que se abrían solas, cristales que estallaban, figuras oscuras en el pasillo y ruidos imposibles en plena noche. Sus hermanas pequeñas también aseguraban ver cosas y despertaban aterrorizadas.

La noche del 27 de noviembre de 1992, la familia llamó a la policía. Cuando los agentes llegaron, encontraron a todos fuera de casa, bajo la lluvia, muertos de miedo. Según el informe del inspector, dentro del piso ocurrieron cosas extrañas: una puerta de armario se abrió violentamente sola, se escucharon golpes fuertes en el balcón, apareció una baba marrón sobre una mesilla y un crucifijo cayó de la pared con marcas parecidas a arañazos. Incluso dijeron notar un descenso brusco de temperatura en el baño.

Ese informe policial convirtió el caso en una leyenda del misterio en España. Durante años se dijo que era el único expediente policial español que recogía fenómenos paranormales. Inspiró la película Verónica, dirigida por Paco Plaza.

Sin embargo, con el paso de los años, algunos familiares acabaron diciendo que muchas de aquellas historias fueron exageradas o incluso inventadas. En 2018, hermanos de Estefanía aseguraron que parte del relato había sido alimentado por periodistas, curiosos y personas del barrio. Más recientemente, una docuserie revisó el caso desde una perspectiva más crítica, mezclando trauma familiar, sugestión y explotación mediática.