De los primeros satélites a la carrera orbital: cómo hemos llenado el cielo en 70 años

Durante décadas, el espacio fue un territorio casi vacío, reservado a unos pocos experimentos científicos y misiones estratégicas. Hoy, en cambio, la órbita terrestre se ha convertido en una autopista saturada, donde miles de satélites compiten por posición, frecuencia y utilidad. La pregunta ya no es si hay muchos, sino cuántos hay realmente y hacia dónde vamos.

1957–1969: el inicio de todo

El punto de partida está claro: Sputnik 1, lanzado por la Unión Soviética en 1957. Un objeto metálico de apenas 83 kg que solo emitía un “bip” de radio, pero que cambió la historia para siempre. Sus limitaciones eran enormes:

  • Vida útil muy corta
  • Sin control real de trayectoria
  • Uso casi exclusivamente propagandístico y científico

En los años 60, EE. UU. y la URSS comenzaron a lanzar satélites de comunicaciones, meteorología y espionaje, todavía en números muy reducidos. Hablamos de decenas, no cientos. El espacio seguía siendo un entorno limpio y extremadamente caro.

1970–1999: utilidad real, pero acceso limitado

Durante estas décadas llegan avances clave:

  • Satélites geoestacionarios de telecomunicaciones
  • Observación de la Tierra
  • Sistemas de navegación (GPS en desarrollo)

Los satélites eran grandes, caros y pocos. Solo gobiernos y grandes agencias podían permitirse lanzarlos. A finales de los 90, el número total de satélites activos en órbita rondaba los pocos cientos.

El espacio seguía siendo estratégico, pero no masivo.

2000–2010: miniaturización y cambio de paradigma

Aquí empieza a cambiar todo. La electrónica se abarata, nacen los CubeSats y los lanzamientos comerciales comienzan a despegar.
Características clave de esta etapa:

  • Satélites más pequeños y baratos
  • Mayor frecuencia de lanzamientos
  • Entrada progresiva del sector privado

Aun así, en 2010 el número de satélites activos todavía se movía en torno a 1.000–1.200. Nada hacía prever lo que vendría después.

2015–2020: el punto de inflexión

El verdadero antes y después llega con un nombre propio: SpaceX.

Con la reutilización de cohetes y el proyecto Starlink, el concepto cambia radicalmente: ya no se trata de lanzar un satélite mejor, sino miles trabajando en red.

A partir de 2019, los lanzamientos se aceleran como nunca:

  • Decenas de satélites por misión
  • Lanzamientos cada pocas semanas
  • Órbitas bajas (LEO) en lugar de geoestacionarias

Aquí comienza la carrera orbital.

2023–2025: la saturación del cielo

A día de hoy, las estimaciones más fiables hablan de más de 14.000 satélites activos en órbita, aunque este número debe tomarse como orientativo.
La razón es simple: cada mes se lanzan más, y las bases de datos siempre van con cierto retraso.

Algunos datos clave:

  • SpaceX (Starlink): ~9.000–9.500 satélites activos
  • Otros operadores privados (OneWeb, Amazon Kuiper, Planet, Iridium…): varios cientos adicionales
  • Gobiernos y sistemas de navegación (GPS, BeiDou, GLONASS): varios cientos más

En total, contando satélites inactivos, restos de cohetes y basura espacial, los objetos catalogados superan ya los 30.000.

Y la cifra seguirá creciendo.


Ventajas reales: conectividad donde antes no existía

No todo es negativo. Las constelaciones de satélites han traído mejoras muy concretas:

  • Internet en zonas rurales y remotas
    Lugares donde la fibra óptica nunca llegará —zonas de montaña, islas, desiertos— ahora pueden tener conexión estable.
  • Resiliencia ante catástrofes
    En guerras, terremotos o apagones, los satélites permiten mantener comunicaciones básicas cuando la infraestructura terrestre cae.
  • Reducción de latencia
    Las órbitas bajas permiten conexiones más rápidas que los antiguos satélites geoestacionarios.

Para muchas personas, especialmente fuera de los grandes núcleos urbanos, esto es un cambio radical.


El gran problema: astronomía y contaminación orbital

Pero el precio no es pequeño.

Los mayores telescopios del planeta llevan años alertando de un problema creciente:

  • Los satélites reflejan la luz solar
  • Dejan estelas brillantes en las imágenes
  • Arruinan observaciones de fenómenos lejanos y débiles

Observatorios como los de Chile, esenciales para estudiar el origen del universo, están viendo cómo cada vez más imágenes quedan inutilizadas.

A esto se suma:

  • Riesgo de colisiones
  • Aumento de basura espacial
  • Posible efecto dominó (síndrome de Kessler)

Conclusión: el cielo ya no es el mismo

En apenas 70 años, hemos pasado de un único satélite experimental a decenas de miles de objetos orbitando la Tierra.
Y lo más importante: esto solo acaba de empezar.

Los números actuales son aproximados y probablemente ya se hayan quedado cortos. La carrera por dominar la órbita baja está en marcha, impulsada por intereses comerciales, estratégicos y geopolíticos.

La gran pregunta no es cuántos satélites habrá mañana, sino si sabremos gestionar el espacio antes de convertirlo en un problema irreversible.