Alejandro Magno y el caballo que nadie podía domar

Cuando Alejandro era apenas un joven príncipe en Macedonia, le presentaron un caballo salvaje llamado Bucéfalo. Era tan violento que ningún domador podía montarlo. Su padre incluso estaba dispuesto a rechazarlo como inútil.

Pero Alejandro observó algo que nadie había notado: el caballo no era indomable, tenía miedo. Le temía a su propia sombra.

El joven pidió intentarlo una vez más. Giró al caballo hacia el sol, de manera que no viera su sombra, y habló con calma mientras se acercaba. Poco a poco, el animal dejó de resistirse. Finalmente, Alejandro montó sobre él sin violencia.

Su padre, sorprendido, le dijo que Macedonia era demasiado pequeña para sus sueños. Y Bucéfalo se convirtió en su compañero inseparable en todas sus conquistas, desde Grecia hasta Asia.

Murieron juntos en tierras lejanas, como si el destino hubiera unido sus caminos para siempre.