En Costa da Morte, dicen que el mar no solo se lleva barcos.
Marcos llevaba semanas fotografiando faros abandonados cuando llegó a uno que no aparecía en ningún mapa. Estaba en lo alto de un acantilado, rodeado de niebla espesa. Lo extraño no era su ubicación… sino que la luz seguía funcionando.
Subió los escalones de piedra, húmedos y resbaladizos. Dentro, todo parecía detenido en el tiempo. Un cuaderno viejo descansaba sobre una mesa.
Última anotación:
«No soy yo quien enciende la luz.»
El faro no tenía sistema eléctrico. Ni cables. Ni generador.
Cuando cayó la noche, Marcos decidió quedarse. Quería capturar esa luz imposible.
A las 3:17, la linterna del faro se encendió sola.
Y entonces escuchó pasos.
No venían de fuera.
Venían de arriba.
Subió lentamente la escalera en espiral. El haz de luz giraba, iluminando la niebla… y, por un instante, creyó ver una figura quieta frente al cristal.
Cuando llegó arriba, no había nadie.
Pero la luz se apagó.
Y en el cristal empañado, alguien había escrito con un dedo:
«Ahora te toca a ti.»





