El banco de siempre

Cada mañana, a las nueve en punto, Tomás se sentaba en el mismo banco del parque. Llevaba haciéndolo desde que Marta murió.

Al principio, iba para recordarla. Se sentaba allí porque era su sitio, donde compartían cafés en vasos de plástico y planes que nunca llegaron a cumplirse. Con el tiempo, aquel banco se convirtió en algo más: un refugio.

Los vecinos empezaron a reconocerlo. Algunos lo saludaban, otros simplemente asentían al pasar. Pero un día, una niña se sentó a su lado.

—¿Siempre estás aquí? —preguntó.

Tomás sonrió.

—Casi siempre.

La niña empezó a contarle cosas: del colegio, de su perro, de lo mucho que odiaba las matemáticas. Y él escuchaba. Sin darse cuenta, comenzó a esperar ese momento del día.

Con el paso de las semanas, la rutina cambió. Ya no iba solo a recordar a Marta. Iba porque alguien lo necesitaba, porque alguien lo buscaba.

Una mañana, la niña no apareció. Ni al día siguiente. Ni al otro.

Tomás sintió un vacío inesperado. Pero al cuarto día, volvió. Traía una sonrisa enorme.

—Es que estuve malita —dijo—. Pero ya estoy bien.

Tomás asintió, aliviado.

Ese día entendió algo: el dolor no desaparece, pero cambia de forma. Y a veces, sin darte cuenta, la vida te ofrece nuevas razones para seguir sentándote en el mismo banco.