Hay cosas que uno lleva en la sangre, aunque esté lejos. El olor del mar, la niebla que acaricia los montes, y esa empanada recién salida del horno, dorada, templada, que al cortarla suelta ese perfume a hogar y memoria.
Dicen los italianos que inventaron la pizza 🍕 y que cada porción cuenta una historia, pero nosotros, los gallegos, tenemos algo que decir: antes de la pizza, ya había empanada. Y no cualquier empanada, sino una que cruzó siglos, caminos y océanos, llevando dentro lo que más queríamos conservar: nuestra tierra, nuestro sabor y nuestro ingenio.
📜 Una receta viajera (y con historia)
La empanada nació como las buenas ideas: de la necesidad. Los marineros y campesinos gallegos necesitaban un plato fácil de transportar, que resistiera días de camino y alimentara el cuerpo y el alma. Masa, aceite, cebolla, pimiento, algo de pescado o carne… y listo.
Las primeras referencias escritas a la empanada gallega aparecen en el siglo XII, en el Códice Calixtino conservado en la Catedral de Santiago, donde ya se mencionaban como ofrenda para los peregrinos.
Mientras tanto, la pizza napolitana no se popularizó hasta el siglo XVIII, cuando en Nápoles comenzaron a añadir tomate recién llegado de América a sus panes planos. Seis siglos separan una de otra. Seis siglos en los que la empanada ya contaba historias de marineros, de aldeas y de viajes que olían a pan y a mar.
💭 Morriña con sabor a masa
Cuando uno se aleja de Galicia, la empanada se convierte en algo más que comida: es recuerdo. Es la abuela cortando los bordes con paciencia, el sonido del cuchillo sobre la tabla, el primer bocado que sabe a casa.
Y aunque hoy amemos la pizza esa hija cosmopolita que heredó la pasión por la masa y el tomate, no podemos olvidar a su madre gallega, la empanada, que con su sabor nos sigue diciendo:
“Veña, rapaz, non te esquezas de onde vés.”
🌍 De la ría a Roma (y vuelta)
Quizás nunca aparezca en los libros de historia culinaria, pero nosotros lo sabemos: sin la empanada, el mundo sería menos sabroso y mucho menos gallego.
Porque al final, cada vez que cortas una empanada, estás partiendo un pedacito de historia, esa que crujió primero en Galicia y luego se expandió por el mundo, cambiando formas, nombres y sabores, pero sin perder su esencia: el abrazo cálido de la masa que guarda dentro lo que más queremos.



